Reto a los que dejaron que siga la fiesta de quienes toman alcohol y conducen hasta matar

20 03 2010

Mis rodillas no se mueven. Mis piernas están adormecidas y no quieren caminar. Es curioso, son solo diez metros hasta aquel salón, donde me esperan unos padres ansiosos y desesperados, y todo mi cuerpo se resiste a avanzar.

Hace solo dos minutos, salí de la sala de reanimación de la Unidad de Trauma del Hospital Nacional de Niños en donde yacen dos seres humanos maravillosos: un niño y una niña. Juntos, no suman ni once años de vida. Ambos fueron impactados por un carro en el vehículo en el que viajaban para la escuela. La explosión de fuerza que se produjo, atrapó sus cuerpecitos entre el caos de latas. Sus cabecitas quedaron mezcladas entre el metal retorcido. Sus manitas, chocaron contra el filo del vidrio cortante. Sus espaldas pegaron contra el duro y negro asfalto. Ambos están muertos.

Miro a mis compañeros de equipo y en sus ojos se refleja el dolor por la pérdida de quienes, apenas hace media hora, eran unos pequeños desconocidos. Sus miradas reflejan la frustración de quien pierde una batalla. Están con el alma cansada porque nadie nunca es el mismo luego de ver morir a un niño, y menos a dos.

Ahora, como grupo, tenemos otra responsabilidad igual o más dura que batallar de cara contra la muerte. Es la responsabilidad de estar frente a un par de padres quienes, con la mayor angustia, nos esperan para saber cómo están sus pequeños.

La puerta se abre y en forma inmediata dos pares de ojos enrojecidos se conectan con los míos y naufragan en la mirada de quienes me acompañan. Una sonrisa hecha mueca desaparece rápidamente en sus caras como queriendo engañar al cuerpo diciéndole que las cosas van a estar bien. Se toman las manos. No podrían estar más cerca. Con manos temblorosas, se limpian las lágrimas. Sus manos están blancas como toda la piel de sus cuerpos. A pesar de que tenemos solo treinta segundos en esa habitación, es fácil ver el temblor en sus labios al hablar y sus rodillas inquietas. Son un par de padres aterrorizados.

Finalmente, cuando lo que debe suceder no se puede contener, cuando tengo la responsabilidad de hablar y de aplastar la esperanza de vida, mi voz al igual que mis piernas, flaquea. ¿Cómo hacer esto? ¿Cómo decirle a un par de jóvenes que sus hijos están muertos? ¿Cómo explicarles que hoy, al regresar y abrir la puerta de la casa, no se encontrarán con aquellas voces llamando a papá?

Cuando, por fin, la voz se suelta y pronuncia el discurso tan temido, este hombre y esta mujer abren sus bocas tratando de aspirar el alma de sus hijos. Un viento frío, helado, se pega en sus gargantas y no los deja respirar. En aquella habitación de hospital, todo empieza a moverse en cámara lenta. Nos miran tratando de encontrar una cara que les diga que lo que acaban de oír fue una broma macabra. Buscan una cara que les diga lo contrario, que les devuelva la vida a sus hijos y a ellos’.

Es al final de esta conversación cuando nos golpea otra realidad: el conductor que los colisionó está detenido, pero aún no sabe que sucedió. Venía de una fiesta y está tan borracho, tan inconsciente, tan feliz’ Resulta que conducir después de tomar licor era su conducta habitual. Nos enteramos de que ya lo habían detenido, pero –qué casualidad– dicen que no era reincidente.

Permisividad criminal. Resulta que, ahora, quien les explica a estos papás que sus hijos deberán ir a una morgue en lugar de terminar su viaje y llegar a la escuela, sabe que esto pasa porque el Estado costarricense es permisivo y que quien debería estar detenido por usar un arma en la vía pública bajo los efectos del alcohol, está en la calle por el “pobrecito”’

Reto a quienes, por salvar unos cuantos votos, permitieron que siguiera la fiesta de miles de personas que todos los días toman licor antes de llegar a sus casas y conducen hasta matar.

Pero también reto a cada uno de los ciudadanos que favorecen esas conductas diciendo “’. ¿cómo? Ahora, no se puede tomar ni un traguito”, “’diay, entonces no se puede ni ir a una graduación”, “’ ¡Qué vida! Ya no podemos ir a una fiesta”’ como si todo lo que se celebrara en las fiestas fuese el guaro. Los reto por haber permitido que esto sucediera.

Reto a cada ciudadano por no haber hecho más, ni ellos ni nosotros, ni ellos ni yo. Nuestra función en la sociedad no se limita a dejar solos a los que gobiernan. No tuvimos el valor, la fuerza y la entereza para tener un estado de cero tolerancia a la conducción bajo los efectos del alcohol. Los ciudadanos no tuvimos el nivel de organización y valor que tuvo Candice Lightner en 1980, quien, después de enfrentar la muerte de su hija de 13 años por un conductor borracho, fundó en los Estados Unidos MADD, que son las siglas en inglés de una organización cuya traducción en español es “Madres Contra Conductores Borrachos” (www.madd.org).

Tenemos que asumir como costarricenses que nuestras almas también estarán manchadas por la sangre de cada niño, de cada niña y de cada persona que muera o sufra lesiones por una conducta asociada a la conducción y al alcohol, conductas que pudieron ser frenadas con una ley realmente fuerte que permitiera a los fiscales y jueces tener armas de peso para trabajar. No leyes de juguete, con portillos para evadir la responsabilidad y, peor aún, evadir la moralidad que, como seres humanos, debemos tener: esa humanidad y moralidad que, después de defender o de liberar a un conductor borracho, nos permita vernos ante un espejo y no sentir vergüenza y asco de nuestros actos y de nosotros mismos.

Después de casi diez años de ser el cirujano responsable de la Unidad de Trauma del Hospital Nacional de Niños y de haber dado esta noticia unas doscientas cincuenta veces a unas doscientas cincuenta familias, les puedo decir que una parte de nosotros se queda ahí, y que es peor cuando en la intimidad de nuestro ser sabemos que aquello no debió suceder. Reto a todos los responsables de estas muertes para que vengan a hablar con estos padres.

Marco Vinicio Vargas es jefe de la Unidad de Trauma, Hospital Nacional de Niños, Dr. Carlos Sáenz Herrera traumahnn@gmail.com



Sobre la muerte de otro ciclista en carretera, Chistopher

16 03 2010

Soy papa de un joven que hace ya casi seis años murió porque fue atropellado, un chofer con su camión cargado de block lo atropello y gracias a Dios mi muchacho murió en un instante y su dolor prácticamente no fue nada.
Aquel día nos dirigíamos a San José de la Montaña en bicicleta, los dos hacíamos deporte todos los sábados y domingos.
El chofer no estaba borracho, pero tenía en su registro varios atropellos antes y había dejado a varias personas muy lesionadas, fue cuando topo con mi hijo que le apuntaron su premier muerto, a la semana ya tenía su camino y aun sigue conduciendo como si nada.
La fiscalía no encontró nada malo para poder hacer algo contra la persona que conducía el camino, y yo me preguntaba cómo pueden permitir que una persona así conduzca más por la calles, me preguntaba si no era suficiente un muerto y varios heridos para dar por hecho que una persona así es peligrosa al volante y que al menos deberían de haber hecho una investigación para establecer si sabe o no conducir, el resultado de la muerte de mi hijo para este chofer fue nada, no pago nada, no durmió en la cárcel ni un día, y lo que es peor hasta hoy continua poniendo en peligro a los que transiten cerca de él…
La des humanización esta por todas partes, quien mato a mi hijo la lleva a su lado, el fiscal vio el caso como un numero más, los policías que llegaron a cuidar la escena solo se preocupo porque no tocaran la bicicleta, y si continuo los diputados, el presidente, los ministros, la presan… señores no se engallen todos somos responsables de la muerte de Chistopher, culpable es el ebrio que conducía su flamante modelo 2010, pero responsables somos todos, todos incluyéndome somos responsables porque no hemos exigido lo necesario para que se dé el cambio y la matanza se termine.
A nuestra familia la muerte llego el 2004, y desde aquel día mueren una persona al día por cuestiones relacionadas con accidentes de tránsito, si las estadísticas que dice la prensa son correctas desde la muerte de mi hijo han fallecido más de 2000 persona en accidentes, será entonces que deben de matar al hijo de un presidente en un sonado accidente de tránsito para que algo se haga, si la muerte de mi hijo y de Chistopher no es suficiente les quiero recordar el caso de los niños muertos en una de las esquinas del parque de Tibas en una accidente de tránsito, les quiero recordar los jóvenes muertos en la esquina del AYA el día de la votaciones del referéndumen en otro accidente de tránsito, les quiero recordar tantos y tantos muertos que se han dado y lo peor es que se van a seguir muriendo más personas que son hijos, padres, madres, seres humanos como usted y como yo, son nuestro prójimos.
A Chistopher lo siento como si fuera mi hijo, y personalmente me siento frustrado y triste por lo que le ha pasado, Kyke mi hijo murió haciendo deporte en su bicicleta y este joven maravilloso también y lo más triste es que con prevención y con cero tolerancia se hubieran evitado esta muerte y la de muchos más.
Exijamos a las autoridades que se establezca CERO TOLERANCIA a los imprudentes, a los borrachos, a los infractores que pongan en peligro la integridad de terceros, CERO TOLERANCIA, CERO TOLERANCIA.
Finalmente señores, por favor no olviden a Chistopher, a sus hijos que ya no lo van a tener más, a su señora, a sus padres y hermanos, no los olviden y principalmente a Chistopher porque en el tanto usted lector lo recuerde y lo tenga cerca de su corazón siempre, les garantizo que ustedes actuaran de buena manera al conducir un vehículo y harán lo que sea necesario para que el cambio se dé en las leyes y lo que es más importante en los conductores.
Saludos.
Papa de Kyke