Déjalo ir

Días después de que Manri partiera, me atormentaba pensar que cuando le estaba despidiendo, en su desprendimiento de este mundo físico, él no me hubiera escuchado, él se hubiera perdido o se hubiera sentido solo en aquel pasaje que era desconocido para los dos, y me imaginaba una y otra vez, en su lecho de muerte, arrodillado a su lado en la calle, diciéndole al oído, “Dios te va ayudar”, “Dios te va ayudar”, “Dios te va ayudar”.
Aquellos recuerdos no se han perdido, están aun conmigo, y recuerdo claramente que mi mente volaba a 1000 kilómetros por hora, repasaba todos los hechos, y desde aquel instante, mi mente se puso en estado de conciencia alterada, y me decía una y otra vez: “si Manri me hubiera dado una señal de vida, hubiera llorado, me hubiera visto” , “todo sería diferente”, “al menos me hubiera podido despedir bien de él”, “nos hubiéramos dicho hasta pronto… mirándonos a los ojos”, pero no fue lo que sucedió, y aquello me estremecía el corazón con tal fuerza, que era difícil de respirar, era difícil pensar otra cosa, mis temores estaban a flor de piel.

El tiempo paso, era inevitable, y la profundidad de lo que sentía llegaba cada vez más adentro, el abismo en el cual me lance no parecía tener fondo, y en el primer aniversario de muerte, me propuse escribirle una despedida, una que sintiera que deberás nos estamos despidiendo, y faltando un día para que se cumpliera el año cuando el murió, escribí lo siguiente:
A Kyke
Quiero que sepas que los días serán más largos, y mi risa estará incompleta, alguna será fingida. También quiero darte las gracias por hacernos tan felices y que estaré esperando verte por ahí, en cualquier parte.
Quiero que sepas que tu lugar estará siempre listo por si decides regresar, y que estaré cerca de las flores por si te permiten cruzar el puente. Por favor recuerda siempre, hay que ser feliz, muy feliz, hay que aplicarse para lograrlo amor. Nosotros intentaremos también lo mismo.
Disfruta de lo que tienes ahora, y procura hacer las cosas lo mejor posible.
Si te es posible déjate dar una vuelta, al menos en los sueños.
Siempre recuerda que te amamos y que eso no cambiará jamás, que a todos nos llega la hora, ya lo sabes, y que pronto estaremos juntos.
Que Dios te bendiga amor, te envió un abrazo fuerte, uno que nos dure hasta que nos volvamos a ver, te ama mucho tu PA.
Termine de escribirla, con lágrimas en mis ojos y fue como no haberla escrito, pero a lo mejor, si fue un paso hacia adelante, y en aquella confusión de necesidades espirituales y emocionales que revoloteaban en mi interior, nos damos cuenta, que cuando el sentimiento es grande, quizás el más grande que podremos sentir, las palabras faltan, el lenguaje se hace pequeño, y a pesar de haber escrito esta y otras muchas despedidas más, una y otra vez sentía que faltaba más que decir, falta más por hacer.
Será obsesivo, enfermizo, esta necesidad mía de darle permiso de dejarlo ir, y el día que escribía estas líneas me decía y me preguntaba, “que necedad la mía, la de despedirme, y de preguntarme, ¿de dónde viene esta necesidad?, ¿es necesario hacerlo?, ¿es necesario déjalo ir?”.
Uno debe de enfrentarse a sí mismo para hacer camino nuevamente, y para mí no era algo que podía postergar, y no fue porque mi yo racional no lo pensara, porque todo mi interior me decía que todo estaba perdido, que la vida se había terminado, que jamás podría ser feliz nuevamente, y que nunca quería ser feliz nuevamente.
Son momentos muy confusos, llenos de cambios de estado emocional, llenos de preguntas, llenos de incertidumbre, y para peores, revoloteando entre lo que la gente me decía, y lo que llevaba en mi acervo colectivo la frase lapidaria, dejarlo ir.
Dejarlo ir, si, suena fácil ahora, dejar ir un amor, una situación, una relación, a un amigo, un problema, entre un montón de circunstancias humanas. El dejar ir, es reconocido como un camino de sanación, para superar una situación, y todo aquello que creamos una derrota, fracaso y un sinfín de términos que podrían resumir en todo aquello que nos hace sufrir, hay que dejarlo ir; porque esta frase la tiene uno metida en el conocimiento de la vida, en lo que creemos que es la vida y como debemos enfrentarla, y es fácil, cuando se trata de otras personas, será muy fácil de aconsejar a otro “déjalo ir”.
La pregunta para mi saltana por su propio peso, ¿debía dejarlo ir?
Creo que despedirme realmente de Manri, con todo el corazón de por medio, dejándolo ir donde van los que ya no viven en nuestra dimensión, dejándolo libre de ataduras de nuestras propias necesidades llego cuando nosotros, Daisita, Lena y yo pudimos hacerlo, y no fue porque la calma había llegado a nuestra vida, no fue porque nos habíamos salido de nuestra cueva emocional donde nos secuestrábamos a diario, y tampoco fue porque ya habíamos aprendido a navegar en nuestras tormentas, lo hicimos respondiendo a una necesidad de darle nuestra bendición, deseándole el mejor de los viajes, la mejor de las aventuras, y liberando su espíritu desde nuestro espíritu.
Esto es toda una graduación, un posgrado, quizás el más importante de las graduaciones de nuestra vida, porque paso mucho tiempo para que mi corazón fuera el que me indicara que era tiempo de dejarlo ir, y antes de que esta necesidad llegara se me hacía conflicto solo de pensar en decirle, en imaginarlo: y me pasaba preguntado, ¿dónde estarás amor?, ¿Qué estarás haciendo? y en aquella escalera sin fin que es este camino, este proceso, de cuando en cuando me despedía poco a poco, sin dejarlo realmente.
Todas estas despedidas, desde la primera que fue el día de su propia muerte, hasta que ya fue mi permiso como padre, dándole mi bendición para que siguiera su camino espiritual, donde le daba mi bendición de hacer lo que tenía que hacer, formaron parte de mi dejarlo ir, dejarle ser.
Dejarlos ir no debería ser parte de un objetivo que nos tracemos, ni si quiera puede ser una meta que nos impongamos, deberá de ser tan natural como amarles, como extrañarles, y de una forma natural y muy especial nuestros corazones nos dirán: es tiempo de liberales y bendecir su nueva existencia y dar gracias por ella.
Es paradójico, porque sentía que dejarlo ir, lo que significaba era perderlo, lo poco o nada que tenía de él, lo perdería, pero todas aquellas despedidas, sin importar lo que dijera en el momento, formaron el dejarle ir, de una forma natural y muy especial, de una forma maravillosa, y sin esperarlo realmente, y sin tener consciencia plena del resultado de esta acción, lo trajo de vuelta, porque fue como recuperarlo para siempre, porque Kyke no necesitaba mi permiso, no lo había esperado y su existencia no estaba limitada porque yo no lo dejaba ser, no, el que necesitaba dejando ir era yo, y lo que si tenía que dejar ir, era su presencia física, y abrazarlo en su nueva presencia…
Este proceso necesario para llegar a despedirme de aquel ser, y abrazar al verdadero Kyke, se dio, cuando la confianza, y la certeza de que la vida era buena para los dos llego a mi corazón, comprendiendo mejor su nueva existencia, aceptándola, amándola, su nueva y especial presencia, ya confiando completamente que la vida que transitamos es la que debemos transitar, sin necesidades de perdonar ni disculpar, sin necesidad de cambiar el pasado y perdonándolo, sin dudas en lo que creo, dejando gobernar mi vida por mi corazón, por mi yo superior, y en ese mismo momento, al dejarlo ir, mi amado muchacho regreso, porque jamás había partido realmente, y fue como abrir los ojos y ver la verdadera realidad de mi vida.
Este momento seguramente implica perdonar y perdonarnos, implica llegar a ser más importante lo espiritual que todo lo demás, deberá haber llegado a un punto que sabremos navegar en la tormenta como el mejor de los capitanes y si te preguntas, ¿cuándo será que dejes ir a tu hijo?, la respuesta debería ser: en el momento que tu crecimiento espiritual te permite confiar en que la vida ciegamente, sin temores, en el momento que percibas que tu vida transita por donde debe transitar, en el momento que te encuentres como un ser espiritual, integro, y de alguna manera viviendo con él, con tu hijo en la eternidad.
Dejarte ir Kyke, es el acto de amor más sublime, es nuestra graduación amor, cuando tu padre te ha recuperado y ha abrazado nuestro amor sin necesitar tu presencia física, porque te amo aun no sepa que haces día tras día, porque el amor crece día con día, porque te reconozco como luz que siempre has sido y siempre serás.
Hoy comprendo que déjalos ir, es amarles sin condiciones, sin limitaciones, sin si quiera pedirle que exista en nuestro plano físico, porque de alguna manera hemos aprendido a vivir en el plano espiritual en parte nosotros.
Cada uno de nosotros, padre y madre tendrá su propia versión de dejarlo ir, porque solo cada uno de nosotros sabremos que debemos de hacer, que debemos de sentir, que debemos de integrar en nosotros mismos para que llegue a nuestro corazón el liberarles y libéranos, el darles nuestra bendición sin condiciones y que sean completamente plenos y libres para que les recibamos como son y siempre han sido, esencia y amor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*