Ahora es luz.

Al cabo de seguir el camino que nuestro corazón nos encaminaba, pasando por el centro del dolor  comprendimos que Manri se convertía en luz, en la luz que nos transforma, porque Manri se convirtió en la luz que nos permite mirar mejor la vida, en la luz que ilumina todo aquello que de otra forma no puede ser visto, es luz para mirar mejor los pasos que damos en nuestro camino, es luz para poder mirar a los ojos a nuestro prójimo, es la luz que nos permite ver realmente lo que es importante en la vida, es la luz que nos permite ver mejor de que esta hecho el amor, es la luz que nos quita la ceguera espiritual, es la luz que ilumina nuestras verdades que nos muestran el camino para ser libres, es la luz que nos muestran el camino a lo eterno, a lo espiritual, al lo que está fuera de este mundo físico, es la luz que al compartirla se hace más grande, es la luz que llena el vacío, es la luz que ilumina nuestra soledad,  es la luz que está hecha de amor, de  bondad,  de razones, de aliento, de fuerza, de compasión y solidaridad es la luz que nos alarga la vista del corazón.

Manri ahora es luz y con el, nosotros también podemos ser luz.

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Nos toma tiempo

Cuando ores pidiendo, ponte a trabajar para lograrlo…

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Nos toma tiempo comprender el cambio que implica que un hijo o hija nuestro muera, ese tiempo es confuso, triste, nos embarga la desesperanza, nos quedamos sin ilusiones y el sentido de la vida ya no tiene sustento, no tiene sentido y nos embarcamos en la crisis espiritual más difícil y compleja que nuestro destino nos plantearán posiblemente en toda nuestra existencia.

Sí, nos toma tiempo navegar por el huracán que es sobrevivir la vida de alguno de nuestros hijos o hijas. Nuestra energía vital la dedicamos casi que exclusivamente a llorar la muerte, a revivir una y otra vez la muerte y los eventos que la provocaron, nuestra vida tiene como única razón la muerte de nuestro hijo o hija.

Y que al mismo tiempo se pone a prueba todas nuestras creencias, nuestra fe, nada te podía preparar para navegar estas aguas huracanadas, nada de tu conocimiento sirve… nada.

Y es que nos toma un tiempo comprender que nos ha sucedido y qué hacer con lo que pasa con nuestro corazón,  con nuestro espíritu, que pasa con los cambios que se van sucediendo en nuestra vida y lo que nace de nuestro corazón por lo que nos ha tocado por vivir.

Es cuando el sufrimiento y el dolor de nuestra familia, de quien nos acompaña en este pasaje, en este el más difícil camino de nuestra vida, pierde importancia en muchos casos, es como si nuestro sufrimiento y dolor fuera lo único que importara, no existe nada más que la muerte.

Nos toma tiempo procesar y comprender todo esto, y pasaran los días, los meses y Dios y nuestro hijo (a) nos harán conocer a gente como nosotros, padres y madres, familias que se encuentran viajando en aquel huracán como nosotros mismos, y es donde Dios y nuestro hijo (a) nos muestra el camino, en el dolor del otro, de nuestros iguales, de esos padres y madres, y es cuando nace la compasión y con ella la senda para que la muerte de nuestro hijo o hija NO sea la que se lleve todo el brillo de nuestras vidas.

Sí, nos toma tiempo recibir la herencia que nuestro hijo (a) nos dejaron al morir que es lo único que vence y trasciende la muertes,  el amor de ellos y para ellos.

Sí, debemos decidir si nuestro hijo (a) se convierte para siempre en nuestros verdugos dejando tras su muerte únicamente dolor y sufrimiento, llevándose el brillo de nuestras vidas o se convierten en la luz, en la razón para renacer como las mejores personas que podamos, que queramos.

Es nuestra decisión y de nadie más, está en nosotros que vamos hacer…