Déjalo ir

Días después de que Manri partiera, me atormentaba pensar que cuando le estaba despidiendo, en su desprendimiento de este mundo físico, él no me hubiera escuchado, él se hubiera perdido o se hubiera sentido solo en aquel pasaje que era desconocido para los dos, y me imaginaba una y otra vez, en su lecho de muerte, arrodillado a su lado en la calle, diciéndole al oído, “Dios te va ayudar”, “Dios te va ayudar”, “Dios te va ayudar”.
Aquellos recuerdos no se han perdido, están aun conmigo, y recuerdo claramente que mi mente volaba a 1000 kilómetros por hora, repasaba todos los hechos, y desde aquel instante, mi mente se puso en estado de conciencia alterada, y me decía una y otra vez: “si Manri me hubiera dado una señal de vida, hubiera llorado, me hubiera visto” , “todo sería diferente”, “al menos me hubiera podido despedir bien de él”, “nos hubiéramos dicho hasta pronto… mirándonos a los ojos”, pero no fue lo que sucedió, y aquello me estremecía el corazón con tal fuerza, que era difícil de respirar, era difícil pensar otra cosa, mis temores estaban a flor de piel.

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